viernes, 26 de febrero de 2010

88

Hacer al otro con la palabra.
Decir lluvia y mojarlo, decir viento y que se agiten las hojas y se zarandeen los cabellos y se suban los cuellos de todos los gamulanes de todos los cuerpos que lleven oídos que escuchen porque la palabra está tronando.

Entonces decir abrir y hacerle tajos al silencio porque los que escuchan se están abriendo porque alguien habla y funda un puente con el eco de su aliento y que las puertas se abran y que en la tierra queden los surcos que marcan las diferencias con las huellas del antes que señalan lo cerrado y que las cosas respiren y se acomoden distinto y las verdades desfilen desnudas como en carnaval.

Y en el principio de este renacer, habrá que decir para hacer bailar a las palabras y que las palabras toquen y nos hagan, habrá que bailar con los distintos sin sembrar asesinatos para que todo siga abierto y también lamentar lo difícil que es hacer algo que pueda cambiar otro algo en un mundo en donde hablar hace poco o en beneficio de algunos o lleva a las manos o a las reacciones tempestuosas y nos desorganiza el valor.

Para estar harto hay que estar dispuesto a hacer algo por dejar de estarlo.

Levanto la copa que brinda por el hartazgo dispuesta a beber de la pócima del hacer, me abro a la lluvia de ideas que tramen la línea de acción que intente modificar el hartazgo, que se parirá con palabras como ladrillos, hecha construcción, acto.

martes, 16 de febrero de 2010

89

Olía. Mi cuerpo olía y había un deseo claro. Iba. Corría a tu encuentro y al llegar comenzaba el día. Llamaba. Te llamaba. Hablábamos. Entrecortado hablábamos y volvíamos a quedar de vernos y mientras cantaba por la calle, con una especie de sentimiento total que no cabía en el cuerpo, que salía rebalsado para darse cauce, cantaba cursilerías que venían, te cantaba.
Me cambiaba. Me perfumaba. Te deseaba. Temía. Era un ardor el miedo, a cada detalle que amenazara todo eso. Te miraba y tus ojos negros me amenazaban y te enojabas cuando no te creía. Me perdonabas, me besabas, me abrazabas. Íbamos. Entrábamos al cuarto, era como un hogar. Regábamos las sábanas usadas de líquidos sintiendo cada vez un estreno en cada roce de los cuerpos. Salíamos. Había que retardar la vuelta. A veces inventaba problemas con tal de demorarla. Había que irse igual. Me mareaba. No quería soltarte. Era el arrancamiento demorado. Te invitaba una cerveza. Hablábamos. Tomábamos. Nos mirábamos. Eran tus ojos. Mi dedo acariciándote el dedo. La luz más intensa. La cerveza subiendo a la cabeza. Reíamos. Llorábamos. Nos deseábamos. Pero siempre llegaba el momento. Llegaba. Era demasiado y lo sabíamos. Habíamos visto la felicidad a los ojos y cuando se corría quedábamos ciegos. Yo manoteaba el retardo otra vez, trataba de correr el abismo que sabía que venía, lo apartaba con la mano como a una mosca. Llegaba Igual.
Sólo cabía ansiar la próxima cita, temiendo subyacentemente que dejara de ocurrir y se apagara el mundo… como fue que un día pasó.
Pero el mundo no se apagó.
Y lo verdadero siguió sentado en el corazón de lo falso.

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Lo esencial se halla en la encrucijada entre nuestro sentido personal de vacío, la obstinación por aplacarlo y los vientos.

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