domingo, 21 de marzo de 2010

viernes, 5 de marzo de 2010

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Confieso que no conozco los nombres de la última pareja ganadora de “Bailando por un sueño”, ni tampoco si es que han estado bailando, patinando, cantando o fregándose contra un caño.


No vi la obra de Ricardo Fort, ni el cumpleaños televizado que le hizo a su hijo alquilando un circo completo, ésto me lo contó mi hijo, lo siento.


Tampoco sé exactamente si la discusión política actual trata sobre corrupción en los bancos, en el poder ejecutivo, legislativo, judicial o municipal. Lo que sí tengo claro es que reina la televisión basura y que nuestra crisis es su riqueza y que lo peor de nuestra crisis es que hay una inmensa mayoría que sueña con acercarse a la riqueza, porque entienden que es monetaria, que sé yo, lo cual habla de un código de valores que se invierte cada vez más y se solidifica.


Tampoco sé exactamente si el 7º se ha dado en llamar 1º año o qué pito toca el 9º al que mi generación jamás ha nombrado así, lo que sé es que se habla del nivel descendente de los estudiantes que ingresan a las facultades y que el otro día tuve que enseñarle a dividir a mi hijo de 13 años.


También sé que la institución educativa ha comenzado su historia como depósito de niños cuando la sociedad necesitaba 12 horas de trabajo de sus padres y con los críos no se sabía que hacer. Y desde ahí ha evolucionado creyendo que ya que estaban ahí, algo podían hacer y les fueron contando todo aquello que les convenía que piensen, como por ejemplo que había que trabajar 12 horas para el bien de la patria mientras se enriquecían algunos o que participen de sus guerras si es que así lo disponían y que se los decidió tomar como espectadores o esponjas del que sí sabía, para lo que no vendría al caso opinar, ni mucho menos disentir. Así es que casi todos van saliendo de ese amansadero, que bien ilustra Pink Floyd, listos para hacer perdurar la desequidad económica casi sin darse cuenta.

En tanto aquellos que se jacten en contra de estos valores corruptos, sigan soñando veranear en hoteles de cinco estrellas o lleguen rendidos del trabajo y se tiendan a ver Tinelli, o se la pasen quejándose de la dirigencia política sin intervenir, entre tantas otras cosas, serán la arcilla necesaria de la que se valga el sistema para seguir solidificándose. (Aún cuando enarbolasen cualquier bandera que trabaje a favor de algún derecho humanitario, que bien hecho estaría si estuviese bien hecho. Es como esas madres de escuelas costosas que apadrinan escuelitas pobres con sus colectas, pero les sugieren a sus hijos que no se junten "tanto" con sus compañeros menos pudientes.)

En tanto la corrupción, que ya se ha colado en la mayoría de nuestros vínculos, en cada pequeño acto y hasta en nuestros deseos y sueños, no sea destronada de cada uno de nosotros por elección, es decir, por nuestra propia intimidad de conciencia y se traduzca en un cambio de hábitos de conductas, será inútil esperar que algún avance honesto se vea materializado socialmente.

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Lo esencial se halla en la encrucijada entre nuestro sentido personal de vacío, la obstinación por aplacarlo y los vientos.

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