miércoles, 19 de mayo de 2010

80

Era una de esas tardes oscuras en las que no se veía casi nada, las nubes se habían apelmazado en el cielo como defendiéndose de algo que quisiesen ocultar, aún haciéndose mal.
Uno miraba hacia arriba y no podía dejar de preguntarse qué podría haber ocurrido como para que el cielo a plena tarde se pudiese poner así, como un mar embravecido puesto en pausa.

No parecía ser cosa de la naturaleza, parecía más un fenómeno espontáneo que no encontraba manera de resolverse a sí mismo, que se dejaba crecer y agonizar vaya a saber bajo el influjo de qué fuerza, pero distinta a la natural. Lo molesto no era la cantidad de nubes ennegrecidas, sino ver que no podían abrirse paso entre sí, esa agonía que toleraban quitándose lugar sin poder largarse a llover,
como si demorasen el choque y eligiesen estorbarse exageradamente hasta lo insoportable.

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Lo esencial se halla en la encrucijada entre nuestro sentido personal de vacío, la obstinación por aplacarlo y los vientos.

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